Ramon Espasa i Oliver

Monday, September 19, 2005

Sanidad, divino tesoro

¿Existe un cifra màgica para eliminar el crónico déficit sanitario? Por supuesto que no, el gasto sanitario es expansivo y capaz de agotar cualquier presupuesto.¿El discurso de la excesiva factura sanitaria es la única receta? Tampoco. El reciente acuerdo sobre financiación del déficit sanitario es un ejemplo de la complejidad del problema. Se ha tratado de un acuerdo razonable, pero como han dicho amigos y adversarios, serán necesarias ulteriores ampliaciones y modificaciones. Sin valorar las cifras a fondo, ya resulta sorprendente que la más abultada corresponda al mero redondeo y adelanto de las cantidades a cuenta. En cuanto al impuesto sobre tabaco y alcohol siendo acertado, hubiera sido mejor si todo el rendimiento del impuesto y de su incremento se hubieran afectado íntegramente al gasto sanitario. En fin, aunque corto, un buen paso. Para evaluar las necesidades de nuestro gasto sanitario, lo mejor es situar como objetivo, alcanzar los niveles de gasto sanitario público por persona de la media de los países de la U.E./15. que son nuestro entorno social, económico y político de referencia.
No tanto por fetichismo europeísta, sino por voluntad de compartir los grados de cohesión y bienestar de que disfrutan sus ciudadanos. Huyamos pues de cifras cerradas y de plazos perentorios, pero proclamemos claramente nuestro objetivo progresista.
Que las necesidades son muchas y la demanda siempre creciente y universal lo prueba la conversión “keynesiana” de los Presidentes autonómicos del P.P. Era de ver, en el reciente cónclave de Presidentes autonómicos, el furor socialdemócrata con el que pedían más y más recursos públicos para sus territorios, obviando discursos y prácticas del Gobierno Aznar, consistentes en la congelación del gasto público sanitario en proporción al PIB. Como se ha repetido hasta la saciedad, se trata de una demanda transversal que interpela tanto a la derecha como a la izquierda. Otra cosa es la respuesta, siempre más decantada hacia la equidad, que acostumbra a dar la izquierda. Incluso el huracán Katrina, destapando las vergüenzas del subdesarrollo social de USA., han obligado a la Administración Bush a proclamar su nueva fe en la inversión i el gasto socio-sanitario, pretendiendo ocultar que lo sucedido no es más que el resultado de las “reganomics”,las recetas de los Chicago-boys,y el fervor “neocon” de las administraciones republicanas. Por eso mismo, a Schröder el ejemplo le ha venido como anillo al dedo.
De hecho, hablar con franqueza y honestidad del gasto sanitario no lleva tanto a discutir del montante final del mismo, sino de la equidad de su reparto y a la transparencia de su eficacia. Por ello los modelos de gestión mediante su financiación y provisión ( pública y pública; pública y mixta; pública y privada; privada y privada) no son un limbo en el que se enzarzan en interminables discusiones micro y macroeconómicas, los economistas y expertos en salud. De hecho, estas discusiones traducen dos aproximaciones tipo al problema. En primer lugar, una concepción individualista, casi calvinista o predestinacionista, por entender que la salud es uno más de los problemas que el individuo debe afrontar y solucionar en sociedad. De ahí los copagos, las primas, los costes de oportunidad, el ahorro selectivo como medios de responsabilizar al individuo y de contener el gasto, tan ensalzados por este sector de la doctrina sanitaria. En segundo lugar, una concepción mas colectiva y/o compasiva al entender que nadie escoge su salud y que esta es, incluso desde la vertiente científica, un problema social o cuando menos aleatorio e independiente de la voluntad del sujeto. Esta aproximación lleva a proclamar el derecho a la salud como un derecho social (y en nuestro caso constitucional)De ahí que dado un determinado montante de gasto, la primera preocupación de una buena administración sanitaria deba ser la equidad en la asignación individual de este gasto.
En este sentido, cabe añadir dos poderosos razonamientos estrictamente económicos a favor de un mayor y más equitativo gasto sanitario público. Por un lado la composición del gasto sanitario, básicamente salarios del personal, consumo de material electromédico, informático, múltiples fungibles e incluso la alta factura en farmacia, no deben considerarse como meramente onerosos, como tragados por un maléfico agujero negro. Antes al contrario, son aceite de primerísima calidad para engrasar el motor de la economía, aportando renta disponible para el consumo, demanda agregada de bienes de alta, media y baja tecnología, que no pueden más que redundar en una sana lubricación del mercado. Por otro lado, la seguridad que proporciona la atención gratuita en el momento de la enfermedad, genera un incremento de la renta disponible que familias e individuos van a destinar a otros consumos. Esta es otra potente palanca que los más ortodoxos defensores de la economía de mercado y del consumo, no pueden ignorar, sino es desde la mala fe. No sólo pues desde el punto de vista de la equidad y la solidaridad, sino también por voluntad y necesidad de incrementar nuestra cohesión social, resulta necesario postular el modelo de asistencia sanitaria más público y equitativo posible. Aunque hay un precio a pagar por nuestra elección, este no debe verse como un lastre para la economía sino como una buena inversión no solo en bienestar social sino también en dinamización económica. El discurso del abuso y despilfarro siempre ha sido el de los divinos que efectivamente pueden y saben despilfarrar. El tesoro pues, mejor que sea de todos.

R.E. 19/09/05 EL PERIÓDICO

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